Llantoycuay, sombracuay
Mamaicuna, taytaicuna
Huasiyta ruarapuay tiacunaypac
(Canto en el husichacuy)
Pronunciado en la presentación del libro “Cooperación como condición social de aprendizaje” (UOC, 2010) el 03 de mayo de 2011 en el Centre d’Estudis Jurídics i Formació Especialitzada, Barcelona
Una buena mañana en mi pueblo -Mollebamba- ubicado en el ande peruano, a 3 200 metros sobre el nivel del mar, y debatiéndome entre el sueño de la vigilia, descubrí que formaba parte de otra familia. No era la familia habitual, de la que te sabes hijo, hermano, nieto, bisnieto, sobrino o primo, no, esa mañana y al final mi niñez descubrí una membresía social totalmente diferente.
Mi padre que aún no terminaba de enfundarse un serrucho en la cintura ya tenía el matutino plan. Por lo que me decía y sentía me di cuenta de que su propuesta no era circunstancial ni una opción particular, lo que tenía asumido formaba parte de una dinámica de vida que, con toda seguridad, recogió de su padre de la misma forma. ¿En qué consistía esto y que le había llevado a contar conmigo en ese plan?
En el breve desayuno me explicó que teníamos un deber y yo, que seguía arropado en mis sueños, no supe digerir bien el plural de la afirmación, “nosotros… a esa hora era mucha gente”. Pero la realidad terminó de imponerse inmediatamente cuando mi padre me entrego unas herramientas, mi propio serrucho y una fina soguilla, y me endosó una tarea a primera vista peregrina: ir al campo a cortar los palos más rectos y largos posibles que podríamos encontrar.
Así empezó el viaje y así empezó una revelación. Aunque parezca trivial con esos palos teníamos un compromiso con el crecimiento del pueblo, con el futuro de una nueva familia y, sobre todo, un compromiso con un grupo de trabajo al que pertenecíamos desde que él y yo nos sabemos con nuestro apellido; teníamos –sí, ambos- una tarea grupal típica a la finalización de la cosecha: el techado con paja de una casa, el huasichacuy.
Tras la cosecha en pueblos como el mío la gente se casa, tejen ponchos y mantas, separan las semillas para el siguiente año agrícola, marcan el ganado o construyen casas. Huasi en quechua es casa, y husichacuy es la acción de techar la casa que está pensada como una actividad comunal, no es privada ni privativa, y todo el pueblo –ya sean grandes y pequeños, como decimos- tienen algo que aportar. Esto es, el husichacuy es una fiesta social donde se impone una ética de cooperación.
¿Por qué esto es así? Existe un principio culturalmente asumido en pueblos andinos como el mío, la reciprocidad. Cada miembro de la comunidad está seguro de que, en el eventual caso del techado de su casa, la comunidad entera responderá conjuntamente con la misma intensidad, ya que el trabajo no es correspondido con dinero, sino con el mismo trabajo. “Hoy por ti, mañana por mí”, es la consigna general y, bien visto, no se trata de ayuda, sino de cooperación.
Con esa tradicional consigna estuvimos ambos, padre e hijo, cortando en el campo con otros tantos padres e hijos del pueblo los mejores palos que se atarían en las vigas del techo de la casa nueva y donde, a medio día, se trenzaría la paja para cubrir la casa. Pasado este afán matutino llegamos al galpón que lucía el esqueleto de vigas de eucaliptos por cubrir y descargamos de nuestros hombros nuestro aporte a la causa común. Y fue aquí donde reconocí la identidad grupal con la que participaría en el techado de la casa.
Como las casas de paja tienen dos aguas para soportar las lluvias, el aporte lo puedes hacer solo de dos formas, o bien para techar el lado que cubre la puerta, a cargo de un grupo familiar llamado Chanta, o para techar la espalada de la casa, a cargo de otro grupo de familias denominado Llank’aya.
Chanta y Llank’aya son dos grupos de trabajo delimitados consanguíneamente desde tiempos prehispánicos y casi nadie sabe porque unos apellidos forman parte de cada grupo. Lo que sí está claro es que cada grupo se encarga separadamente de cada una de las dos aguas que conforma el techo. Yo ya no tenía duda, era Chanta por filiación paternal y mi madre, que cuando llegamos estaba trenzando las soguillas de fibra de magüé para coser la paja, era Llank’aya. Ahí estábamos, una familia nuclear metodológicamente divida para trabajar formando parte de un tipo particular de familia extensa. Se trataba de dos grandes grupos de familias aportando lo mejor para una causa común, ahí estaban dos equipos cooperativos.
El techado era una faena de todo el día salpicada de dedicación por no dejar mal al grupo al que pertenecías, total, estaba en juego el honor familiar. Por lo mismo había sutiles y declaradas rivalidades entre miembros de Chanta y Llank’aya que se coevaluaban destacando, en pro o en contra, la calidad de los palos que se habían llevado, la cantidad de paja que había cortado el grupo o la habilidad de fulano o mengano para trenzar la paja.
Recuerdo que había competencia, cómo no. Mis propios padres iban inspirados para dejar recaditos sobre el valor de sus grupos, pero en todos los casos eran comentarios salpicados de picardía para ver que un grupo lo podía hacer mejor que el otro. Por eso era una fiesta, un ejercicio lúdico y social donde nadie dejaba de lado la finalidad, techar una casa para una nueva familia. La eficacia, por ello, era la dignificación del trabajo de cada grupo que era a su vez la de la casa en su conjunto.
Con el tiempo y contaminado de teoría universitaria, supe que esto del husichacuy era un ejemplo más, como tanto otros en la sociedad actual y en otras latitudes, de una acción cooperativa.
En el husichacuy se ponía en práctica una táctica y una estrategia cooperativa y, como tal, era posible identificar las dimensiones que la caracterizaban. Existía una finalidad de acción conjunta que era el techado de la casa, una finalidad clara y constante que articulaba cada acción o aporte. Existían grupos cooperativos con miembros y tareas precisas que se articulaban a un plan de gestión temporal que buscaba la eficacia. En cada grupo se dividía el trabajo según la pericia, edad, condición física o género de sus miembros. Se ponía en práctica la interacción estimuladora, ya sea interna o externa al grupo. Y culminado el techado se evaluaba la tarea final cuando los representantes de ambos grupos, ya dentro de la casa y festejando entre cantos y bebidas, “amarraban” su trabajo conjunto y se la entregaban a los dueños bendiciendo la cruz que debía ir en el lomo de la nueva casa.
Pues bien, el ejemplo que he descrito –como tantos otros que seguro ahora mismo evocan- confirman que la cooperación no es una quimera, ni un artificio ligero, es el modo en que la sociedad se dinamiza y se reinventa. Como dice F. Savater, “Nadie es sujeto en la soledad y el aislamiento, sino que es sujeto entre sujetos: el sentido de la vida humana no es un monólogo sino que proviene del intercambio de sentidos, de la polifonía coral”.
No obstante en la escuela la cooperación pierde su buen nombre. Lo paradójico es constatar que lo más sustancial de la acción educativa, lo social, es su principal carencia en el perímetro escolar. Muchas de las visiones educativas se fundan en una sola y manida forma de interacción, profesor-estudiantes. Simplemente no aprendemos como vivimos, estamos conectados para todo, menos para aprender ya que en este viaje siempre optamos por estimular el ideal del espíritu solitario. De aquí el talante del libro: identificar que la cooperación entre estudiantes antes de ser metodología o algoritmo didáctico es condición social de aprendizaje, no es una reproducción ni su causa, es una oportunidad para enriquecer nuestras vidas.
Por todo lo dicho, queda en evidencia que buena parte de este libro que esta noche Albert Sangrà, Juan José de Haro y Jesús Matínez han tenido la amabilidad de presentar se empezó a escribir desde esta revelación cooperativa. No fue un acontecimiento escolar, sino un hecho educativo… de aquellos significativos que no te otorgan títulos o grados. Todo el libro es una extensión de esta mirada social y cultural sobre la cooperación que, sin embrago, alberga también la convicción que aprender y cooperar son de un pájaro las dos alas.
Imagen: langatierralinda