30 de septiembre de 2011

Cultura educativa "2.0" #FT_EIE11



Hace unos 10 días ya que hemos empezado un debate virtual en el marco del VI Encuentro Internacional EDUCARED 2011. Reproduzco aquí el plateamineto inicial y les invito a participar, las ideas están abiertas.

Cuando hablamos de Web 2.0 no buscamos ser dogmáticos e indicar, con este término, el fin de la tecnología. Nuestra intención es usar el concepto –metáfora- para identificar no solo un conjunto exuberante de herramientas, sino formas de hacer, pensar y sentir la educación con esa tecnología. Esto es, tratamos de reconocer una cultura educativa que se está construyendo en torno al desarrollo social de la web, la Web 2.0.

Reconocer la cultura, el “conjunto de valores y creencias que dan forma, orientan y motivan el comportamiento de las personas” (Castells, 2010), al usar la tecnología no es un asunto nuevo. Sobre el uso de medios de transporte, el dinero electrónico o el libro, por citar ejemplos, hemos levantado una serie de datos e informaciones, percepciones valorativas o protocolos de acción definidos. Internet, bien visto, implica una dimensión cultural indudable que posee evidencias, casos concretos que forman parte del desarrollo sociocultural de la humanidad.

Por ello, el uso educativo de la Web 2.0 implica también este “sesgo” cultural, dentro y fuera de los márgenes del currículo, formando parte de una cultura y práctica educativa digital. La educación no está al margen, menos aún si la tecnología supone un entorno de desarrollo social, como es la Web 2.0. Este interés por analizar los cambios en las formas de enseñar y aprender con esta tecnología está abriendo una línea de investigación y debate interesante, por ejemplo, ver el libro Aprender y enseñar en la cultura digital (Dussel, 2010).

Y aquí nos situamos… Cuando pensamos con las herramientas 2.0 sobre qué, con qué, cuándo, dónde, con quién o cómo aprender y enseñar, seguro que ponemos en práctica una serie de razones, valoraciones y orientaciones para poder usarlas en la educación. Algunos ya proponen rasgos que definen un aprendizaje 2.0.

Este foro es una oportunidad para que, desde tu experiencia, tu análisis, tus visiones o tus datos, puedas decirnos: ¿Cuáles son para ti esos aspectos simbólicos, valorativos y prácticos que definen la “cultura educativa 2.0”?

Si quieres más aclaraciones puedes ver la presentación, aquí debajo, que supone un punto de partida ya que la participación está abierta a tod@s.

¡Estamos en construcción! entrar al debate

También pueden seguir este y otros debate siguiendo #FT_EIE11

19 de septiembre de 2011

Un Caballo de Troya en el aula

El Centro del Conocimiento de Tecnologías Aplicadas a la Educación del CITA, Fundación Germán Sánchez Ruipérez acaba de publicar su Boletín Nº 6, septiembre 2011. Gracias a su invitación me he dedicado a repensar ¿qué añade internet en el aula?, y este es el resultado, el artículo que aquí debajo reproduzco y que tiene una versión en PDF.

Además de este artículo –y el banco de artículos- en esta edición se destaca La gestión de conocimiento en Red para formar y aprender en Red de Luis Ángel Fernández y Gilda Sotomayor, así como una serie de noticias, informes, investigaciones, buenas prácticas, reseñas bibliográficas, recomendaciones 2.0 y más. Todo para empezar el curso. #tendenciaseducativas.

Un Caballo de Troya en el aula

Al inicio del curso, padres, docentes, políticos e instituciones volvemos a platearnos el tema de la introducción de Internet en el aula. En este proceso de metabolización educativa de Internet podríamos encontrar –desde una mirada sociotecnológica- sorpresas, no sólo por el sinfín de herramientas web (1) que existen y que podemos usar, sino porque el uso de Internet lleva –oculto- un conjunto de implicaciones que afectan a la cultura escolar; no existe un uso inocuo de la tecnología. Entre todos estos supuestos de orden cultural podemos destacar uno: Internet puede ser el “Caballo de Troya” para que la colaboración se afiance en la educación formal.

Al añadir Internet al perímetro –físico y simbólico- de la educación formal, no introducimos sólo un artefacto, sino más bien un sistema tecnológico de acción que nos permite pensar y sentir con esa forma de hacer. En esta línea de acción existen, por lo menos, tres dimensiones educativas que debemos sopesar al plantearnos el uso de Internet en la educación:

• La desterritorialización de los procesos educativos que añaden a la estructura educativa jerárquica un modo de acción horizontal y reticular, sin centro.
• El desarrollo de nuevos valores y creencias compartidas en y sobre Internet que, de forma muy general, no son propias de la institución escolar.
• El cambio en la matriz de comunicación amplía la oportunidad de asumir otros roles, reconocer nuevos agentes educativos y plantear otras formas válidas de interacción más allá de la relación docente y alumnos.

Por ello, y en atención al primer punto, no se podría hablar exactamente de la introducción de Internet en el aula, sino más bien de la constitución de otro espacio de acción educativa. Internet abre el aula, y el concepto de aula, a una acción global y en red, diferente a la forma local y jerárquica de la acción escolar. Por esta razón la escuela debe entender que Internet no es un material didáctico, sino “un entorno educativo, es decir, una magnitud extensa que da cabida al sujeto y al conjunto de acciones e interacciones que condicionan su aprendizaje al tiempo que construye su identidad como persona” (2). Por ejemplo, al usar los servicios de redes sociales –pulso de la interacción en Internet- no solo optamos por el uso de una herramienta, sino por una forma de organización que sirve de modelo de acción en red. Por ello, al usar Internet no introducimos un nuevo material educativo, aprendemos a pensar en red en un entorno social, cultural y tecnológicamente enriquecido.

Respecto al segundo punto, Internet representa en sí mismo un estadio de desarrollo en la historia de la humanidad. Pero, hay algo más. El uso de Internet también entraña una cultura, un conjunto de valores y creencias que se tejen y entretejen en torno a nuevos lenguajes, protocolos, dinámicas, utopías o distopías. Buena parte de esta emergente cultura digital, como señala Freire, “se asienta sobre nuevos valores o sobre la revitalización de otros como: lo abierto, la producción, la copia, la remezcla, la reputación o la meritocracia” (3). La escuela está poco acostumbrada a estos rasgos culturales y, si estos se ponen en práctica, suelen ser aún procesos alternativos o secundarios. El uso de Internet en la educación implica un acercamiento a la cultura digital que discurre en escenarios que, lejos de imitar, se abren construyendo sus propias “historias”. Pues bien, si no se estima el impacto cultural de Internet en la educación, lo único que haremos es arrojar tecnología en el aula, ignorando el carácter simbólico que supone actuar, pensar y sentir en estos entornos.

El tercer punto, el cambio de matriz de comunicación generada en Internet, nos abre a un tema educativo de fondo: la interacción social como condición social que explica, e impulsa, el aprendizaje. Usar Internet en la dinámica escolar supone aceptar un cambio de registro en la forma de comunicación y, con ello, en las condiciones sociales de aprendizaje. Para Castells, el gran cambio sociocultural que supone Internet en la sociedad está estructurado en términos de procesos de comunicación: “la cultura de la sociedad red es una cultura de protocolos de comunicación entre todas las culturas del mundo, desarrollada sobre la base de una creencia común en el poder de las redes y de la sinergia obtenida al dar y recibir de los demás” (4). ¿Qué hacer en educación cuando la matriz de comunicación de un entorno educativo cambia?

Las personas tienen hoy en Internet mayores instrumentos para organizar sus vidas y comunicar en distintas direcciones, con diferentes agentes, con finalidades diversas, con más lenguajes, también con nuevos retos y amenazas. Pero, es aquí, en el seno de la comprensión comunicativa, donde aparece la oportunidad colaborativa de la acción educativa. No se trata de una aplicación web en concreto, sino de estilos de interacción social que nos permiten remontar el monólogo docente como la única forma de interacción educativa válida y estimar la interlocución colaborativa de nuevas voces como otra fuente de aprendizaje. Por ello, hablar de Internet en el aula supone hablar de cambios en la forma de representar la interacción educativa que amplía la forma básica y tradicional de pensar las condiciones sociales de aprendizaje.

Esto es, la colaboración entre estudiantes en entornos en red es una alternativa real y consistente que implica, sobre todo, repensar los modelos de interacción profesor-estudiante y valorar otros donde esté presente el otro, el estudiante, como interlocutor educativo válido. Esto no es un cambio leve, representa un cambio en la propia base educativa porque no existe ninguna acción educativa sin un proyecto de comunicación. Por esta razón, Internet como entorno educativo, cultura emergente y como matriz de comunicación añade nuevas condiciones y retos a la educación donde la colaboración representa una oportunidad y el reto inmediato de las políticas educativas y la dinámica escolar.

Es probable que al usar Internet en el aula nos llevemos más de una sorpresa si miramos bien dentro del “Caballo de Troya”, como ya lo han comprobado en esta pequeña muestra de ejemplos –en diversos niveles educativos- con sesgo colaborativo:


Referencias:

(1) Martí, Jordi (2010). ‘Herramientas 2.0’, XarcaTIC.
(2) Suárez, Cristóbal (2010). “Internet, más allá del ‘materialismo’ didáctico”, Educación y Virtualidad.
(3) Freire, Juan (2011). “Las paradojas de Internet”, El País (29/01/2011)
(4) Castells, Manuel (2010). Comunicación y poder. Madrid, Alianza, pág. 68.

Para citar:
Suárez, Cristóbal (2011). “Un Caballo deTroya en el aula”, Boletín del Centro del Conocimiento de Tecnologías Aplicadas a la Educación, CITA, Nº 6, sep. 2011. ISSN 2173-1373. 

1 de septiembre de 2011

Descontracturar la formación virtual

Resumen: Se busca criticar el carácter extremadamente estructurado del planeamiento instruccional clásico que, al reproducir una visión fisicalista de la educación, tiende a secuenciar la experiencia de aprendizaje como una relación causa-efecto de alguien que actúa y conoce, el docente, y quienes reciben e ignoran, los estudiantes. Frente a esta estructuración cerrada, propio del sesgo uniformizado del paradigma de la escuela industrial, la virtualidad está auspiciando –no creando- experiencias más flexibles, globales y abiertas de aprendizaje. Como tal, la tarea pedagógica no consiste solo en evaluar qué tipo de herramienta es pertinente para el aula,  sino debe estimar el valor de esta tecnología como otro entorno educativo, esto es, como un nuevo ámbito que invita a aprender –y enseñar- de manera menos estructurada y mecanicista. La formación virtual también tiene esta oportunidad.

Existe un vicio técnico pedagógico muy generalizado en los diseños educativos formales, propio de la noción de escuela como ámbito exclusivo de aprendizaje y del exagerado carácter directivo con que se entiende el concepto de educación reglada. Consiste en detallar con el mayor grado de precisión una serie de actividades homogéneas necesarias para el aprendizaje de todos, minimizando la eventualidad, la espontaneidad o las rutas alternativas propias de los estudiantes. Lo personalizado se ve como un proceso incómodo que no hace más que retrasar el logro “científico” de un resultado –léase producto- común de enseñanza: el aprendizaje.  

Este paradigma está detrás de muchos planes formativos extremadamente estructurados que, ya sea en la formación presencial y virtual sobre todo, parecen reproducir la visión fisicalista de la educación. Esta percepción asume –sin  complejos- que existe una relación de causa-efecto entre la acción de quien conoce y sabe, el docente, y quienes ignoran, los estudiantes, que deben seguir meticulosamente una serie de pasos metodológicos previstos no necesariamente válidos y significativos para cada necesidad educativa. Se trata de una idea propia de la educación industrial donde se asumen planes uniformes para uniformizar aprendizajes.

Para descubrir este vicio hay que estar muy dentro del problema, o muy alejado para distinguirlo desde fuera. Hace tiempo, cuando no estaba “invadido” de pedagogía, leía con el placer que siempre despierta Julio Cortázar un relato titulado “Instrucciones para subir una escalera”. No obstante, ya como docente, releí ese mismo texto y, ¡oh sorpresa!, creí estar delante de una guía curricular o plan de clase y reparé, ayudado de la literatura, en el exceso de planificación que cubre muchas previsiones escolares.  Aquí una parte del texto para hacerme más comprensible:

“(…) Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie). Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso”. (Julio Cortázar, 1962. Extracto de Historias de Cronopios y de Famas).

No trato con esto de hacer una apología de la anarquía didáctica, sino más bien llamar la atención sobre los excesos que supone constreñir el aprendizaje con propuestas didácticas homogenizantes, meticulosamente estériles e inválidas para las condiciones sociales y culturales en que se ubica la educación en la actualidad. Aprender, ese patrimonio subjetivo, es en realidad un evento tan dúctil, versátil, grácil, placentero, social y abierto que raramente calza en un plan tan estructurado e impersonal. De aquí la necesidad de descontracturar más los diseños de enseñanza abriendo la escuela a otros entornos educativos, a nuevos agentes de enseñanza y a otras herramientas de aprendizaje.  La “ingeniería didáctica” debe estimar hoy en día estas nuevas variables.

No obstante, el escrupuloso vicio de programar homogenizando el aprendizaje sigue siendo recurrente. En muchas jornadas pedagógicas he podido observar la apremiante necesidad de los docentes por conocer técnicas, “cómo hacer”, más que comprender el aprendizaje en sí. Creo que esto ocurre cuando nos preparamos para ser docentes y se asume que saber enseñar consiste en adquirir una batería de pautas didácticas como si de algoritmos se tratarán, “hacer X para conseguir Y”. Una vez instrumentalizados con esas técnicas de enseñanza creemos que pueden ser aplicadas para todo y todos sin reparar en el trasfondo que implica entender qué es el aprendizaje. Esto es, nos preocupamos más por saber cómo enseñar sin detenernos a conocer cómo es que se aprende.

Como acción directiva existe un grado de planificación educativa, sin duda. Pero este marco no puede ahogar la potencia pedagógica de la diversidad, la riqueza del pensamiento divergente, la naturalidad del ensayo y error, la oportunidad de la cooperación, el asombro ante la espontaneidad o, simplemente, la alegría por aprender más allá de lo prescrito. Es necesario ajustar la programación a los ritmos de aprendizaje, pero no calzar diametralmente una sola programación al aprendizaje.

La formación virtual es proclive a lo anterior, ya sea por lo estandarizado que pueden ser los cursos “enlatados”, por la estructuración del software educativo, por la necesidad de reducir costes, por la estimación de la interacción social como evento accesorio, o porque las acciones formativas están sostenidas en una visión mecanicista de cómo se aprende. La formación en condiciones virtuales, tal como se está manifestando hoy en día, abre la experiencia de aprendizaje a diversos eventos, voces y experiencias, no la estigmatiza en filigranas directivas unívocas.

La virtualidad, o mejor la infovirtualidad que tiene a Internet como arquetipo, ofrece entornos educativos menos directivos y creo, por eso, más justos con la capacidad versátil que supone aprender al ritmo que marca la propia necesidad de querer aprender. Esta condición sociotecnológica, de aprender en y a través de Internet, está generando en la educación, superior especialmente, el progresivo desvanecimiento de la línea divisoria entre educación formal y educación informal que, además de acercarnos a la utopía de Ivan Illich, refuerza no sólo la idea de la educación a lo largo de la vida sino también la ruptura de moldes didácticos estructurados para poder “subir una escalera”. La escuela no es la última frontera de aprendizaje.

Ya que las nuevas tecnologías están acercando personas y contenidos, y con ello ampliando el concepto de entorno educativo, el aprendizaje significativo se está convirtiendo en un evento más común, sin que a veces nos detengamos a valorarlo, porque “alojados” en las redes sociales que creamos al estar conectados gracias a Internet, el aprender –y enseñar- forma parte de una dinámica cada vez más común.

Por ello es preciso ver que un LMS o un Wiki, por citar dos ejemplos, no son  precisamente máquinas de aprendizaje sino auténticos entornos educativos. Las nuevas herramientas tecnológicas en Internet tienen esta capacidad para crear entornos socioculturales. Y en un entorno educativo las personas vivimos experiencias, hacemos cosas, buscamos alternativas, interactuamos y buscamos en otros, con otros, intereses comunes, nos enredamos formando redes de personas que al final –no olvidar- son las condiciones sociales de aprendizaje. ¿Cómo estructurar de forma pormenorizada la propia relación si las redes sociales que formamos las construimos nosotros y, además, nos construyen?

Redescubrir el valor de lo no estructurado en la formación como un evento abierto, menos directivo, y autogestionado por sus miembros añade al aprendizaje la oportunidad de ir desde nuestra experiencia a la de los otros, y viceversa; esto es, de forma más significativa, porque lo buscamos, porque lo construimos. Para entender cómo aprendemos es  necesario conocer, además, cómo nos organizamos y cómo dinamizamos nuestras redes sociales en Internet.  Por ello, uno de los conceptos emergentes que rompen con el afán directivo de la escuela de antaño es el de Personal Learning Environments – PLE (Juan José de Haro, 2010). El futuro, usando tecnología, es la personalización de los procesos de aprendizaje.

Fuente:
Suárez Guerrero, Cristóbal (2011). “Descontracturar la formación virtual”, en Cobo, Cristóbal & Moravec, John, Aprendizaje Invisible. Hacia una nueva ecología de la educación.  Laboratori de Mitjans Interactius. Universitat de Barcelona.

Imagen: Pacelli